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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Capitulo 3: Anillo...

Uriel le mostró la iglesia de arriba abajo, hablándole de los antiquísimos cuadros y estatuas, imágenes y lienzos. Tras eso, dieron un paseo sin dejar de hablar de algunos de los retratos del pasillo hacia la capilla, de duques que habían vivido allí.
Carolina tenía cierto interés en la historia, no mucha, pero lo suficiente para engancharse, y más si era Uriel quién la contaba. Dafne tenía razón, era hechizador.
- … Y por supuesto, el duque Spell, tuvo su parte de todo esto, diría que casi de todo.
- ¿Esta villa era suya?
- Sí, según mis hechos históricos, lo era. Hay algunos edificios que no pudieron ser reconstruidos, aún así, se conservan sus ladrillos.
- Ya veo, debe haber siglos de historia aquí…
Uriel sonrió.
- Ni te imaginas.- habló enigmático.- Por el lugar donde está ya el sol, debe ser cerca de la hora de cenar. ¿Vamos al comedor?
- ¿Usted vive en la casa principal?
- No, tengo una pequeña casita tras el jardín de la iglesia. Pero prefiero cenar hoy en el comedor, te haré compañía y puedo presentarte a los demás componentes que hacen posible este lugar habitable.
Carolina suspiró. Supuso que su lista de alimentos no la vería hasta el día siguiente.
-De acuerdo.
- Puedo mostrarte mi casa cuando quieras.- dijo tomando la delantera y guiñándole un ojo.
Ella rió.
Caminaron por el sendero mientras el sol terminaba de esconderse.
Conforme se acercaban al edificio principal, el bullicio de los niños era más notable. Uriel no paró de hablarle de cada pequeño que había tenido el placer de darle clase o jugar con él. De algunas de las personas que trabajaban allí, nada malo de ellos, pero sí graciosos o cosas que los caracterizaban.
Carolina admitió que era un hombre de lo más observador, seguro de sí mismo y de lo que causaba. Desde luego, había aprendido bastante con escuchar la historia de la villa, pensar que un incendio acabó con todos sus habitantes era inquietante, ¿qué clase de incendio sería? ¿Los habrían atacado? Dada la época, podía ser incluso una cacería de brujas; y de esa historia de amor entre dos jóvenes.
Joel se sentó a su lado con Dafne, presentándole a Blanca y Bruno, la directora no cenó esa noche, cada cinco niños pequeños estaban bajo la tutela de algún maestro o enfermero, o simplemente cuidador especializado. Tan sólo había una pequeña cuadrilla, en la que uno de los chicos con diecisiete años, había tomado la responsabilidad del grupo, del cual, era hermano de uno de los pequeños.
Carolina procuraba quedarse con todos los rostros y nombres, nunca había tenía mala memoria, la suya solía ser fotográfica. Sus ojos siempre buscaban todo lo que un cuadro podía tener y más allá de él; era su forma de estudiar la situación, por las emociones, por la mirada, por los detalles de cualquier cosa… Le gustaba observar.
Aquel día, para su excelente cabeza, estaba siendo algo demoledor. Cuando la cena acabó y comenzaron a retirarse, sintió rozar la libertad de su intimidad. Fue Joel quién la acompañó con los tres niños hasta el lugar donde se alojaba. Dafne estaba de mejor humor, estudió el rostro de la pequeña que aun le parecía triste, y de alguna manera, consolado. Le dio un beso a la pequeña cuando se abrazó a su pierna para darle las buenas noches y se introdujo en su habitáculo.
Cerró con llave y pestillo, costumbre que tenía desde muy niña. Había rechazado la oferta de Uriel de ver una película histórica en su residencia, sonrió al recordar la cara del hombre cuando le dijo que no, como si él fuera algo irrechazable.
Tenía un pequeño televisor con Dvd en la salita, pero pasó de todo, estaba exhausta, necesitaba dormir, dejar de pensar y analizar.
Se dio una rápida ducha y metió en el sobre. Las sábanas olían a lavanda fresca, eran suaves y cálidas. La noche había resultado ser fría en aquel sitio.
Apagó la luz. El sueño pronto la alcanzó.
********************
- Deberíamos irnos de aquí.
Elisa le besó de nuevo, cogiendo sus manos.
- Sólo un poquito más.
- Tu padre puede pillarnos.
- Debe estar ocupado con sus libros en el despacho, no te preocupes.
Tomás suspiró contra sus labios, deshaciéndose en caricias, alcanzando su muslo derecho bajo la falda, tomándola del rostro con su otra mano para atraerla más hacia él.
- ¿Sabes que me vuelves loco?-Elisa rió, él volvió a capturar su boca.- Lo digo en serio, amor… esto es una locura. Yo no debí ceder a esto… Ya no puedo detenerme, te amo… te amo tanto…
Elisa fue la que suspiró esta vez, ahogada por sus palabras, su corazón como las alas de un colibrí, con el cuerpo encendido por las llamas del deseo.
- No te detengas… ámame…
- Eli…
Ella posó su dedo índice sobre sus labios.
- Te amo, Tomás… No me importa quién seas, ni de donde provengas… Me iré contigo.
- ¿Abandonarías todo?
- Abandonaría todo.- aseguró.- Sólo te necesito a ti.
Sus ojos brillaron en la oscuridad, Tomás no cabía de gozo de tenerla entre sus brazos.
- ¿Por qué yo, Elisa?
- Porque tú eres lo único que hace que sea yo misma.- respondió apretándose contra él.
- Elisa…
No pudo menos que volver a besarla, a dejar que sus manos levantasen por completo su falda y buscaran más allá de sus enaguas. La tomó del trasero alzándola, llevándola contra la pared de la casilla del jardín. La luz de la luna fue apagada por unas nubes, escondiéndolos de la vista de cualquier intruso.
Se movió hacia un lado, alcanzando como pudo la puerta que cedió libremente. Las nubes se apartaron sabiendo que ya estaban a salvo.
********************
Carolina despertó sudorosa, abriendo los ojos con lentitud, viendo la cara de Tomás sobre ella, sonriéndole, aproximándose para besarla.
Debía estar soñando, parpadeó varias veces, aún así, sintió un tibio beso en sus labios.
- ¿Por qué volviste, Elisa?
¿Había hablado? Estaba soñando, no había otra explicación, estaba sola en aquella casita, había cerrado con llave y pestillo.
Volvió a parpadear.
- Tengo aún el anillo. Búscame, te estoy esperando.
Y desapareció.
Carolina encendió la luz confusa, tocó sus labios sintiéndolos ligeramente tibios, hacía frío en su habitación. Cuando amaneciera preguntaría por la calefacción. Qué extraña sensación, pero que guapo era ese hombre, sin embargo, ella no era Elisa, era Carolina.
Apagó la luz, quizás las historias de Uriel habían cobrado vida en sus sueños, esa historia que se le había quedado grabada de un amor prohibido entre la hija del dueño de la villa y el hijo del párroco.
Cerró los ojos, esta vez, sin soñar nada.
********************
Miró su reloj, quizás fuese demasiado tarde, pero le habían dicho que le esperaban. Sacó su teléfono móvil y marcó el número grabado.
- Estoy en la puerta.- dijo simplemente.
Aguardó colgando. Hacía fresco, metió sus manos en los bolsillos de la chaqueta, un pequeño viento revoloteó su cabello negro largo hasta los hombros, su gris mirada hizo un eco de sorpresa al ver que tras la puerta estaba alguien familiar que no debería estar. En su dedo brillaba algo rojo fuego. Quien fuese, se aproximó a una velocidad antinatural, pero no se asustó, de alguna manera, su cuerpo no reaccionó asustado, al contrario, se aproximó a la verja para ver el rostro del hombre que parecía haberle estado esperando.
- Es tuyo. Te protegerá junto a ella.- dijo en una especie de susurro.- No vuelvas a perderla.
Tan rápido como se acercó, se desvaneció en la fría noche.
- ¡Doctor Damnon!- le llamaron mientras se aproximaban y abrían las enorme puertas de hierro.- ¡Qué bien que llegó!- Tomó una de las manos del médico.- Encantado de conocerle, soy Nelson, hoy me toca el turno de noche.
Andrew reaccionó ante el apretón, cerciorándose de donde estaba.
- Encantado, Nelson.- sonrió dándole el apretón correspondiente de manos.
- Bonito anillo, doctor.- le dijo el vigilante mirando su dedo meñique.- ¿Alguna mujer amada se lo regaló? Es un bonito detalle.

Andrew observó su dedo extrañado.
- Sí, es un regalo.- respondió pensativo.
- Pero entre, hace frío. Me explicaron que debía enseñarle su residencia en cuanto llegase. ¿Ha cenado? La cocinera se molestó en llenar su nevera con cosas esenciales y le dejó la cena de esta noche para que la caliente. ¿Sólo lleva esa maleta, doctor?
El hombre reaccionó volviéndose hacia el guardia, asintió tomando su maleta mediana verde botella.
- Sí, soy un hombre sencillo. La directora me dijo que no trajera nada más que cosas personales como la ropa, que todo lo demás estaría a mi servicio.
- La directora es una mujer asombrosa, ya lo verá. Hilda es la mejor en muchos años de los que llevo aquí, doctor, hace un gran trabajo- asintió andando hacia delante.- ya lo creo que sí. Sígame, la verja se cerrará en treinta segundos aproximadamente, si nos quedamos fuera, no podremos entrar hasta la mañana.
Andrew se apresuró en pasar el portón. Una especie de electricidad estática lo recorrió de arriba abajo nada más poner los dos pies dentro de la villa. Se paró en seco asombrado por lo ocurrido, volvió a mirar el anillo con esa piedra tan roja como la sangre.
- Vamos, doctor, no se quede atrás, o no dormirá apenas.

Desvió su mirar a Nelson unos instantes, dándose cuenta de que lo suyo no tenía explicación lógica. Sacudió sus pensamientos concentrándose en seguirlo. Acababa de llegar aquel lugar, no había dudas.

Capitulo 2: Uriel

Carolina bajó la vista.
- Hola,- respondió a su saludo tranquilizándose.- ¿quién eres?
- Joel dijo que estarías en esta casita.
- ¿Eres Dafne?
- ¿Te habló de mí?- Carolina asintió a la pequeña.- Debo ser su favorita.- dijo contenta.
Era una niña de lo más normal, o eso pensó Carolina con una sonrisa interior.
- No lo sé, no me lo ha dicho. Sólo que está a tu cuidado y de dos más.
- Sí, Blanca y Bruno, los dos tortolitos.- explicó en una mueca.- Apenas juegan ahora conmigo. Solo piensan en estar juntos y solitos… ¿Me comprendes?
Rió agachándose a su altura.
- Te comprendo, ¿y los demás niños?
- Juego mucho con Hugo.- dijo entusiasmada.- Y a veces con Angie.
La mujer adulta asintió satisfecha.
- Entonces no estás tan sola como dices.
- No es eso, es solo que Bruno y Blanca eran como mis hermanos mayores. Pero últimamente lo han descuidado, están un poco extraños.- Arrugó el entrecejo rascándose la cabeza.- No sé qué les pasa.
Se incorporó.
- ¿Sabes dónde puedo comprar comida y bebidas para mi nevera?
- Sólo debes hacer una lista para que el jardinero vaya a la compra, él se encarga todas las semanas.
- Muchas gracias, Dafne.
- ¿Quieres venir a jugar conmigo? – Le preguntó.- Puedo mostrarte los alrededores y decirte quién es el jardinero, así podrás llenar antes la nevera. Aún no ha salido.
Carolina cedió a la petición de la niña, mejor tener comida que desempaquetar todo.
Dafne llevó a la muchacha hasta el jardín trasero de la iglesia. El enorme edificio blanco con el tejado azul pizarra, se alzaba majestuoso, con sus grandes ventanales redondos y portón rectangular con arco de grueso roble.
Aquello, en vez de un jardín, parecía un huerto. Carolina reconoció la flor de la patata enseguida, los tomates que colgaban algunos colorados, zanahorias y ajos tiernos que sobresalían maduros.
El hombre canturreaba en voz baja mientras trabajaba en la tierra arrancando hierbajos, colocándolos dentro de la carretilla. Tenía las manos enguantadas, vestía un mono de color verde y botas de goma. Su pelo canoso con algunas mechas grises oscuras, sobresalían de debajo de su gorro de paja.
Dafne se acercó lo suficiente para que la oyera.
- Aníbal.- llamó al hombre.- Te traigo una sorpresa.- terminó de decir la niña con una sonrisa de oreja a oreja.- Me dijiste que querías conocerla.
Carolina miró a la pequeña sorprendida, luego rió negando.
Aníbal se incorporó, dirigiendo su azul mirada clara a la muchacha.
- Buenas tardes, señorita.- saludó educadamente.- Me llamo Aníbal. Usted debe ser la señorita Leada.
- Sí, la misma.
- ¿Le agradó la casita? Está cerca de la iglesia, por lo que debe estar incluso bendecida.
Carolina rió.
- Es acogedora.- contestó calmándose.
- Carolina quiere encargarte la compra.- habló Dafne.
Aníbal asintió quitándose los guantes.
- Vayamos a pedir una hoja y bolígrafo, seguro que el padre Yael o Uriel tienen algo en su despacho. ¿Los conoce ya, señorita Leada?
- Carolina, por favor.- corrigió.- No los conozco. Sólo he tenido el placer de hacerlo con la directora, Dafne y Joel.- contestó.- Me encantará conocerlos.
Aníbal salió del huerto, alojó los guantes sobre las plantas de la carretilla.
- Están dentro de la iglesia. El padre Yael y Uriel deben estar allí.- dijo caminando hacia dentro.
La puerta trasera estaba abierta.
Dafne volvió a tirar de Carolina, entusiasmada.
- El padre Yael es muy buena persona. Seguro que te agradará.
- Me alegro que sea un buen sacerdote.- aclamó divertida por la niña.- ¿Pero quién es Uriel?
- Es el profesor de historia.- explicó encogiéndose la niña.- A veces nos cuenta cuentos, es un poco misterioso. Habla con todo el mundo.
- Parece una persona interesante, Dafne.
- Bueno… no tiene novia, por si se te ocurre ligar con él.
Carolina rió a carcajadas ante la conclusión de la pequeña. Dafne se volvió, alzó sus negras y preciosas cejas.
- Me comprenderás cuando lo veas, tiene ese aire que llama a todos la atención y te enamora.
- Eres una niña muy observadora, Dafne.- le dio calmándose.
La pequeña sonrió medio satisfecha, siguió andando. Traspasaron un umbral y un pasillo lleno de luces gracias a las ventanas, hasta toparse con una habitación al fondo donde se escuchaban voces.
-… Así que la señorita Leada ya está aquí.
- Sí, ha llegado hoy. Hará unas horas. Viene hacia acá con Dafne.
- ¿La pequeña Dafne?- dijo otra voz dulce y aterciopelada.- Ese duendecillo cuando ve a una mujer guapa enseguida la atrapa.
Risas.
Dafne frunció el ceño.
- No es cierto,- habló a Carolina.- solo es que me caíste bien.
- Lo sé.- contestó la muchacha amable.- No te preocupes. Pero digo yo que no soy tan fea.
Dafne rió.
- No, eres bonita, te pareces a mi mamá.
- ¿A tú mamá?
- Sí, ella era castaña como tú, sólo que tenía los ojos marrones, aún así, os parecéis.
- ¿Y dónde está tu mamá, Dafne?
La pequeña guardó silencio, ya estaban a unos pasos para entrar en la sala.
- No sabría qué contestarte, Carolina.
- ¿No lo sabes?- preguntó extrañada por el cambio de actitud.
- Voy a buscar a Joel, tengo hambre. Búscame luego para cenar, ¿si?- dijo soltándola y marchándose.
Carolina la vio alejarse, notando como su alrededor se volvía melancólico sin la niña.
Sacudió su cabeza para centrarse en lo que le esperaba.
Avanzó hasta la sala.
- Señorita Leada, un placer conocerla. Soy el padre Yael.
- Encantada, padre, Carolina, si no le importa.- dijo estrechándole su mano mostrada.- Sólo venía a hacer una lista de compra, pero veo que conoceré de paso a más personas. Un placer.
El sacerdote rió junto al jardinero.
- Uriel,- dijo otra voz que no reía a su lado, mostrando su mano a saludo. Carolina la tomó volviéndose.- Carolina Leada, psicóloga, ¿no es así?
Carolina asintió con una sonrisa.
- ¿El profesor de historia?- dijo ella.
Uriel rió.
- Veo que alguien le dijo sobre mí.
- Oh, solo una niña. Se ve que le encanta su clase.
- Mumm… me pregunto quién será, la mayoría suelen ser tímidos para decírmelo.
Carolina rió. Se notaba que tenía un alto ego sobre su trabajo.
Se soltó de la mano del profesor al ver la señal de Aníbal con un bolígrafo en mano.
- Voy a hacer mi lista de la compra.- se disculpó.
- Por supuesto, a eso ha venido.
- Desde luego, este ha sido mi único objetivo de la visita.
- ¿Ya le han mostrado su despacho?
- No tengo prisa. Y comenzar con evaluaciones y papeles no lo haré hoy.
Uriel sonrió divinamente. Sus ojos grises claros resaltaban ante esos labios bien dibujados de una escultura angelical, su cabello, algo largo castaño oscuro, con algunos reflejos rojizos, hacían, tal como le había comentado la pequeña, un aire misterioso y atrayente a su persona.
Lo cierto, aceptó Carolina, que era una extraña belleza cautivante.
- Puedo mostrarle la villa al completo, soy profesor de historia, si le interesa saber de su historia…
Ella rió nuevamente asintiendo.
- Primero es mi nevera, Uriel.- le espetó.- Disculpa.
Carolina se alejó unos pasos acercándose al jardinero, comenzando a recitar la lista que tenía en mente de alimentos y bebidas.
Uriel se quedó mirándola con una sonrisa interna.
- ¿Lindo interior?- Preguntó el padre Yael a su lado, en voz baja.
- Lindo interior.- confirmó.- Puro, enlazado con todo.
- Mummm… - el sacerdote observó con disimulo a la psicóloga.- ¿Crees que ella…?
Asintió y su rostro se volvió serio mirando al cura.
- Mi trabajo ha comenzado.
- Lo sé,- puso una mano en su hombro.- ten cuidado, Uriel. Los humanos somos torpes, pero aprendemos de los errores.
Uriel sonrió.
- Eso es lo que los hace interesantes.- volvió su vista hacia Carolina.- Ella es interesante, no solo para mí. Todo está despertando.
-Avísame cuando creas conveniente.
-Lo haré.- aseguró viendo como Carolina acababa y se volvía hacia ellos.- ¿Podemos empezar la visita?
- Si, insiste señor profesor.- dijo ella graciosamente.
Uriel le mostró su brazo para que se enganchara, con una curva en sus labios tan atractiva que Carolina sintió sus pulsos acelerarse, dejándola atontada unos segundos.
- Saldré ahora mismo a por todo esto, Susana me acompañará.
Aníbal pasó por medio de ambos, haciéndola reaccionar. No tomó el brazo de Uriel, pero le habló.
- Vayamos, profesor.
Y caminó adelante.
- Esto me va a gustar.- Comentó Uriel siguiéndola, dejando que sólo el padre Yael lo oyera y riera con ello.
- Adelante, hijo, adelante.- apremió.
********************
Dafne corrió hasta salir afuera, de vuelta al jardín. Paró y suspiró. Comenzó a caminar despacio, sin mirar a nadie ni nada, sus pies la guiaban por el sendero hacia las rocas de la vieja iglesia quemada que fue imposible restaurar.
Miró hacia la puerta y sonrió acercándose.

- Hola… estoy aquí, mamá…

Capitulo 1: La villa de los niños abandonados

Setenta años después…
El niño buscaba ansioso la teta de su madre, se movía hacia arriba y abajo en un intento de que no se escapase nada, tragando con gula.
- Marie, es un comilón…- sonrió Carolina.- precioso.
La mujer miró a su bebé con amor, iluminándosele la cara.
- Sí, le gusta mi teta.
Ambas rieron.
- ¿Y a quién no?- habló Eric.- Son las más bonitas del mundo que conozco.- besó a Marie en la frente con afecto.- De la mujer que más amo.- se sentó a su lado.- Eric Junior, la teta de mamá será prestada temporalmente, ¿eh?- habló al bebé.
Volvieron a reír.
- ¿Cuándo te animarás a encontrar a tu hombre perfecto sin sacarle defectos?- la interrogó su amiga.
Carolina suspiró.
- No existe el hombre perfecto, sólo el hombre que tengamos en mente es el perfecto.
- No te me pongas filosófica psicológica, mis estudios no abarcan a tantos calentamientos de cabeza como es tu profesión, sólo son decisión.
Eric rió con Carolina.
- Llegará cuando no lo busque.- respondió decidida
- Es muy posible.- comentó Eric.- Cuanto menos quieres antes viene… así que…
- Eso es otra teoría filosófica.- Recalcó Marie.
Estallaron de nuevo en risas.
- ¿Cómo está tu bisabuela?- preguntó Eric sirviéndole el té.
- Está mejor, fui a despedirme de ella antes, mañana embarco hacia Grueter, al orfanato infantil.- Sonrió breve.- Ver a tu pequeño me hace preguntarme como puede existir un orfanato donde los padres abandonan a sus hijos tras tenerlos.
- He oído que muchos son hijos bastardos de amantes.- le ofreció unas pastas de chocolate.- Es una pena, son criaturas tan inocentes.
- Sí, sí que lo son.
- Ser psicóloga allí… espero que no te vuelvas tan loca como para que tú lo necesites en vez de esos niños.
- No es solo por los niños, allí también viven algunos profesores, tienen una escuela. Aquello es como una pequeña villa.
- Qué interesante.- Comentó Marie.- ¿Viven en casitas?
- Hay cuidadores por cada siete niños. Sí, viven en casitas.
- Debe ser por eso que dicen que es un orfanato privado.
- No deja de ser un orfanato.- se encogió de hombros Carolina con suspiro.- Estoy un poco nerviosa. Mi bisabuela me dio estos pendientes que llevo de rubíes. Me ha hecho prometerle que no me los quite por nada del mundo.
Marie alzó la ceja extrañada. Cambió al niño al otro pecho.
- Supongo que desea que lleves algo con ella como regalo.- trató de darle una respuesta.
- No lo sé, estuvo rara. Y una promesa es una promesa. Toca dejármelos.
- Son lindos.- aprobó Marie observándolos con atención.
Carolina acabó pronto el café. Se despidió tras abrazar a su amiga y futuro ahijado, ella iba a ser la madrina de Eric Junior.
- Espero que se porten bien contigo, si tienes algún problema, ya sabes dónde estoy.- dijo Eric acompañándola a la puerta.
- Gracias señor abogado.- agradeció sonriente.
- Cuídate.
- Sí.
La puerta se cerró a sus espaldas, avanzó por el pasillo. Debía ir a casa y tomar su equipaje, el autobús saldría en cuatro horas y se sentía nerviosa.
********************
Elena se preparó, tomó aire tratando de tranquilizarse y llamó a la puerta.
- Adelante.
Giró el pomo, sintiendo como las manos le temblaban ligeramente. No miró hacia arriba, sólo a la directora, allí sentada, con su mirada dulce ahora seria.
- ¿Estás segura que quieres irte? Elena, eres nuestra mejor cocinera, dejarás con mucha tarea a Susana.
- Lo siento, señora. No puedo soportar más estar aquí.
Hilda la observó, sus ojos asustadizos sin querer alzarlos al techo. Enarcó una ceja, tratando de ver algo pero allí no había nada. Suspiró.
- Querida, creo que tienes demasiada imaginación. Primero fue en el comedor, y ahora ¿qué es lo que ves aquí?
- Preferiría no decirlo, señora.- habló con un escalofrío recorriéndole la espalda.- Déjeme marchar, tengo que ir bajo su palabra o me harán daño. Por favor.
La mediana mujer, pasó una mano en desconcierto por su cabello castaño. Su mirada celeste se clavó en su asustada empleada.
- Esta bien, tienes mi consentimiento. La nueva psicóloga está al llegar, puede echar una mano en la cocina.
Asintió callada. Ya tenía la bendición de irse.
- Gracias, señora.- giró en sus pasos, saliendo.
No quería mirar hacia arriba, aún no, podía sentir que estaba ahí, su frío aliento le soplaba en la coronilla de vez en cuando. Tenía que salir, ya, cuanto antes.
Caminó normal pero rápida, quería alejarse de ese techo, coger su maleta ya preparada.
Entró en el cuarto tirando del asa, salió presurosa, esta vez casi corrió.
- Elena… - oyó que la llamaban, se giró un instante, sin levantar la vista.- ¿era cierto que ibas?
- Muy cierto, tengo el consentimiento de la directora. Lo siento, Susana.
La mujer suspiró y sonrió. La tomó de las manos en un apretón cariñoso.
- De acuerdo, ven a visitarme alguna vez. Echaré de menos nuestras charlas divertidas.
Sus labios dibujaron una sonrisa que se borró rápidamente, algo helado le había dado en la nuca. Se soltó de las manos de su compañera.
- Tengo que irme, tengo que irme…- le dijo echando a andar sin mirar atrás, tan solo hacia delante.
El portón de la casa mayor estaba abierto de par en par, era una hora en la que los niños estaban en clase.
En cuanto abandonó el edificio, su cuerpo dejó de sentir escalofríos. Respiró hondamente, tratando de tranquilizarse. Aún así, la sensación de que algo la observaba, seguía siendo prevaleciente en ella.
- Dejarme marchar. Me dio su permiso.- dijo casi en susurros comenzando a caminar.- No soy quién buscáis, no puedo liberados.
Algo la atravesó veloz y furioso, rodeándola antes de llegar a las grandes verjas que limitaban el terreno.
- Dejarme ir…- balbuceó muerta de miedo.- Alguien vendrá, quizás sea quién necesitáis… dejarme… por favor… por favor…- sus lágrimas abordaron su rostro
Lo que fuese que estaba con ella, cedió en la verja, dejándola partir hacia la libertad que pedía.
- Gracias, gracias…- dijo presurosa saliendo.
Sus pasos se perdieron en la distancia mientras la verja volvía a cerrarse.
********************



El autobús llegó con atraso de media hora, y para colmo, la dejaba en el pueblo no en la villa donde debía ir.
Se vio llamando un taxi que la llevara hasta allí.
El camino era verdoso, lleno de bellos y grandes árboles que parecían estar vivos, flores silvestres adornaban los lados, se respiraba el olor de naturaleza pura. Cerró los ojos unos segundos, bajando la ventanilla.
- Hermoso, ¿verdad, señorita?
Los abrió contestando.
- El paraje es mágico. Vengo de la ciudad, extrañaba ver algo así.
- Grueter es mágico. – Señaló el taxista.- Lo que no entiendo es porqué va a ese orfanato privado. Deben pagar bien, no es a la primera que llevo.
Carolina lo miró con interés.
- ¿Perdone? ¿Qué es lo que quiere decir con eso? ¿Acaso todos se van?
- Se van al cabo de los meses. Cuando llegan al pueblo están mudos, asustados y se van enseguida.
- Asustados.- repitió volviendo a observar el exterior.
- Sí, señorita, asustados, todos y cada uno de los que salen de allí.
- Pero aún tienen gente.
- Sí, no todos son cobardes.- sonrió.- ¿Y usted?
- No creo en nada que no vea con mis propios ojos. – respondió.
El taxista asintió compresivo.
- Eso es bueno, le durará el trabajo más que a otros. Algunos padres vienen a ver a esos niños en secreto de sus amantes. Me da pena esos chicos; algunos no son ni siquiera huérfanos, simplemente están ahí porque no los quieren en sus vidas materiales.
Carolina frunció el ceño.
- Había oído que era un orfanato privado.- comentó.
- Lo es. Y muy privado. Hemos llegado.
Una alta verja negra, recién pintada, estaba al lado del vehículo.
- Gracias. – sacó el dinero pagándole.
- Tenga, señorita. Por si necesita que la recoja alguna vez.- le dijo dándole con la vuelta una tarjeta con el número de teléfono.
- Gracias de nuevo, señor.- sonrió cálida.
Bajó del coche, el taxista se despidió en una señal dejándola sola. Buscó el timbre, encontró un portero en uno de los lados. Apretó el botón.
- Orfanato de Grouter, ¿en qué puedo servirle?
- Soy la nueva psicóloga, Carolina Leada.- respondió la joven.
El “clip” del cierre dio la señal de ceder, el portón de barrotes metálicos la invitaron a pasar. Carolina cogió su maleta de ruedas, tiró del asa arrastrándola con ella. Las puertas se cerraron a su espalda con otro similar “clip”.
Aquello era precioso a la vista, las casitas lucían de colores alegres blancos, azules y verdes. Un camino cubierto de jardines a los lados, cuidados y llenos de árboles y flores, llenos de vida. Algunos niños jugaban en un parque que había cerca de una fuente inmensa, pareciendo una piscina. Más allá se veía un huerto y una iglesia. A los pies del parque, una gran casa, seguramente sería la principal.
Se dirigió a esa casa grande, sus puertas estaban abiertas. Los niños la miraban con curiosidad. Alguien salió a recibirla.
- Señorita Leada.- Saludó con un gesto.- La estábamos esperando, soy Joel, uno de los cuidadores.
- Carolina.- dijo mostrándole la mano.
Joel la acogió con una sonrisa.
- La directora está en el comedor tomando un café. La acompaño. Deje su equipaje ahí, en portería. Edgar se encargará de llevarla a su habitación.
La muchacha obedeció, dejó la maleta en las manos del portero que la saludó en una reverencia, mostrándole su calva rodeada de canas y dientes mellados.
- Por aquí, Carolina.- la tuteó.
Ella lo siguió; iban por un ancho pasillo del lado derecho del vestíbulo, las paredes blancas con el techo de madera chocolate eran todo lo contrario al suelo cubierto de moqueta verde, tan verde como las vegetación de fuera.
Pararon ante una puerta doble de cristal. Joel la empujó suavemente pasando a la sala.
- Directora,- la llamó.- la señorita Leada ha llegado.
Una mujer de cuarenta y tantos, algo rellena, giró su cabeza hechizándome con un rostro hermoso de ojos turquesa, cabello castaño oscuro que realzaba su mirada.
- Hola, señorita Leada. ¿Puedo llamarla Carolina?
- Encantada, directora.
- Hilda, querida. Me llamo Hilda. ¿Un café? Joel, dile a Susana que le ponga otro a Carolina y uno más para ti, si quieres.
- Gracias, directora, me quedaré para guiarla.
- Puedes sentarte, muchacha.- le dijo.
Carolina retiró la silla y se sentó junto a la directora. Ésta siguió con su merienda.
- ¿Un poco de tarta de manzana?
- No, gracias. No me apetece en estos momentos. Parece inmenso este sitio.
- Es inmenso,- le confirmó la directora.- Joel te dará un plano para que no te pierdas. Se encargará de tratar a los niños en general, hará excepciones con nosotros también si lo requiriéramos.
- Por supuesto, haré tiempo hasta para escucharlos a ustedes.- respondió afable.- Es mi trabajo escuchar.
Hilda sonrió satisfecha.
- Pero debo prevenirla, muchos niños tienen una imaginación desbordante, la mayoría tienen amigos invisibles, ¿comprende?- Carolina asintió interesada.- Al principio pensé que era algo normal, son niños al fin y al cabo… pero esto parece como una enfermedad o es que quieren volver locos a los cuidadores y a todos, incluyéndome a mí.
- ¿Los niños son tan peligrosos como dice?- ironizó.
La directora rió, dos hoyuelos sobresalieron en su mandíbula haciéndola más joven.
- No, no… claro que no, es solo que pone un poquito los pelos de punta; imagínate, aquí tienen una amiga que se llama Thais.
- ¿Todos los niños?
- Todos los niños.- aseguró.- ¿No le parece increíble?
- Quizás sea un juego entre ellos.- pensó Carolina en voz alta.
- Es muy posible ahora que lo menciona.- terminó la taza dejándola en el platillo.
Joel traía dos cafés, uno para ella. Se sentó en la silla de enfrente y los repartió.
- ¿Azúcar?- preguntó a Carolina.
- Sí, por favor, dos. Gracias.- se volvió hacia la mujer.- ¿Y cómo dicen qué es esa niña… Thais?- sintió como Joel levantaba la vista momentáneamente.- ¿Se lo han contado alguna vez?
- Oh, sí. Todos coinciden: Una niña muy guapa, con una preciosa cara, pero dicen que está siempre triste, no se acerca a los adultos porque les tiene miedo, sobre todo a los hombres. Rubia con el pelo largo y ojos claros azules. También dicen que viste con un vestido de volantes blancos y rosas con encajes. Es como una muñeca. – La observó fijamente.- Ya ve, una imaginación desbordante.
- Y tanto, es una descripción muy nítida para ser común de un amigo invisible. Tendré esta amiga en cuenta.
- No es la única. Necesitará una libreta bien gorda.- suspiró.- Espero que pueda curar a estos niños, señorita Leada. Debo marcharme, hay que hacer el inventario de la cocina para pedir la compra. Si necesita algo, pregunte por mí. No suelo salir de la villa.
- Gracias, señora.
La mujer asintió levantándose, sin llevarse nada más que su presencia. Dejando a Joel y Carolina.
- ¿Qué piensas de esa historia de los amigos invisibles?- preguntó Joel de repente.
- Tendré que hablar con los niños. Seguramente es un juego entre ellos. – Bebió su brebaje.- ¿Cuántos niños están bajo su cuidado?
- Últimamente el número ha disminuido, ya que vienen padres adoptivos. Sólo tengo tres: Blanca, Bruno y la pequeña Dafne.
- ¿Le gustan los niños, Joel?
Sonrió.
- Son criaturas inocentes.- respondió quedamente.- Dafne es sorprendentemente inteligente. Blanca y Bruno siempre están juntos, creo que dicen ser novios…- rió, Carolina también.- Los amigos invisibles no veo que tengan que ser malos.
- No es que sean malos, al no ser que esos niños se volviesen violentos.
- No hay niños de ese tipo en este lugar.- le aseguró.- ¿Terminó el café? Vayamos a ver su casita.
- ¿Casita?
Asintió.
- Va a tener una casita para usted sola, cerca de la iglesia. El jardinero y Renán han terminado de modelarla y pintarla. No es gran cosa, más bien parece un estudio. Pero le gustará.
Se incorporó.
- Bien, vayamos a verla.
Joel sonrió, salieron del comedor, parándose en la puerta para cerrar. Miró con disimulo hacia la esquina, su rostro se volvió serio unos instantes.
- ¿Joel?- llamó Carolina.
- Eh, perdona.- se disculpó.- Estaba pensando.- cerró despacio, el pomo estaba helado.- Pasemos por portería, quizás tenga aún su equipaje.
- De acuerdo.
********************
La casita era simplemente acogedora. Una salita se mostraba nada más abrir, con una pequeña chimenea, y alrededor, tres puertas, una de ellas su habitación, otra el baño y la cocina. Sobre la entrada, había una pequeña trampilla que al tirar, mostraba unas escaleras de madera para subir al trastero. La decoración era escasa, de muebles rústicos. Las paredes cubiertas de papel pintado en rayas verdes y amarillas, el suelo de madera, que a veces crujía bajo los pies. Su cama de uno treinta y cinco, de barrotes blancos y dorados de hierro haciendo curvas y flores. Aquel papel tapiz tenía flores, rosas enredadas unas con otras sobre un fondo marino. No había tocador, sólo un armario de robusta madera color pino y sus mesitas de noche a juego.
Joel dejó a Carolina para que pudiera acomodarse. Estaba maravillada por donde iba a hospedarse, ni en el mejor hotel de sus sueños. Pensaba que le darían una habitación tipo cuchitril compartida con alguien, que tendría que salir hacia algún baño público… esto era algo que le encantaba, su propia intimidad. Los rumores eran ciertos, aquello era un pequeño pueblo.
Colocó su ropa en el armario, sonrió feliz sentándose sobre la cama. Las cortinas del cuarto ondeaban por el aire ya que estaba la ventana abierta.
Se levantó, hacía algo de frío. Retiró la cortina rosada a un lado, extrañada, comprobó que la ventana estaba cerrada, aún así, la abrió y volvió a cerrar, quizás se quedase alguna rendija suelta. Las cortinas dejaron de ondear. Iba a colocar la cortina tal como estaba, cuando un sonido llamó su atención de nuevo a la ventana, el corazón se le quedó parado unos segundos al ver una pequeña mano deslizándose por la mitad del cristal hasta desaparecer por abajo.
Se quedó allí plantada, observando esa mano estirada de pequeños dedos. Reaccionó cuando desapareció, corrió hacia fuera, buscando el lugar de la ventana de la habitación.

- Hola.- dijo una vocecita cerca de ella.

Introducción

El fuego se extendió por el pasillo, recorriendo rápidamente las paredes de la mansión, comiéndose las cortinas sin salir al exterior, rugiendo contra las ventanas.
- ¡Por allí!- gritó.
La tomó de la mano, dejando que la familia Stevenson pasaran por delante de ellos. La sujetó con fuerza.
- Lo siento… tanto…
Él se volvió un segundo para verla.
- No ha sido culpa tuya, nadie sabía que a tu padre le fuesen estos juegos peligrosos.
- Pero se trata de mi padre.- recalcó ella a lágrima viva.
Un hombre los alcanzó en el umbral.
- Todos, al almacén y a la capilla, son los únicos lugares en los que podemos sobrevivir… ih…
- ¡Señor Lawson…!- le llamó la chica aproximándose en un arrebato.
Tomás tiró de ella, arrastrándola con él, evitando que se aproximara al cadáver que comenzó a derretirse misteriosamente.
La muchacha, se llevó una mano a su boca, asombrada por lo que acababa de presenciar. Sus pies corrían siguiendo a los del chico que la sostenía, ¿qué le había pasado al señor Lawson?
Por fin encontraron la puerta, el muchacho la abrió con un par de patadas, saliendo afuera de la casa.
Tras sus pasos, un torbellino de fuego cruzó a punto de alcanzarles.
- ¡Corre! Debemos llegar al almacén o a la capilla.- le recordó.
- ¡No…! – gritó ella, haciendo que parasen a mitad del camino.- Ve tú. A mí no me hará daño.
Tomás levantó el rostro de Elisa, capturando sus ojos, dibujándola en su mente.
- No voy a dejarte sola.- le contestó.
Elisa se quitó el anillo dorado, con una piedra roja como las llamas, que ahora, se iban elevando en la mansión. Lo colocó sin decir nada en el dedo meñique del muchacho.
- Ven conmigo.- le pidió.
Tomás la miró atentamente; esa chiquilla ya se había convertido en una mujer tan hermosa, adorable e inteligente… que no cabía en sí de gozo que ella lo hubiese elegido entre tantos que se postraban en su camino.
Asintió breve, aún embelesado.
Elisa tomó el mando de la situación, hicieron oídos sordos a los espantosos gritos, corriendo hasta la verja que marcaba el límite de las tierras.
Tomás empujó con fuerza, las puertas cedieron con lentitud, rechinando por la falta de aceite.
- Vamos.- la animó a salir.
La muchacha le sonrió breve, pasando el umbral marcado, donde ya no se oía ningún lamento, soltando la mano de Tomás.
Un “pon” se oyó tras ella; se giró, agarrándose a los barrotes, viendo como Tomás se quedaba en el otro lado.
- ¡No… no me dejes!- le pidió ella.
Tomás cogió sus manos a través de los barrotes, sonriéndole, besando sus manos.
- Sálvate, Elisa. Debo quedarme aquí, tengo que encontrar la manera de parar todo este círculo vicioso.
- No…- repitió negando.- Ven conmigo.
- Tengo que salvar a tu padre, salvar a todos.
- Por favor…- le suplicó.- no me dejes sola…
- Elisa.- la llamó tiernamente.- Vete, volveremos a encontrarnos, no me iré a mi otra vida sin ti.
- ¡¡Tomás…!! – lo llamó llorando, viendo como se alejaba hacia una borrosa sombra y desaparecía.

Elisa trató de abrir la verja, sacudió esta con ímpetu, pero no cedía. Sus lágrimas la terminaron de abatir, haciendo que se dejase caer sobre el portón, ajena a los sonidos espeluznantes del otro lado, presa de la maldición, hasta caer agotada. 

lunes, 9 de junio de 2014

Bienvenidos

Este va a ser mi primer blog novela, es la misma historia que está en wattpad. Pero leído lo que me mandan algunos por privado de que no pueden leer con esa aplicación, he pensado que quizás esto pudiera ser una solución.

Piedras Rojas nació de un sueño-pesadilla, sí, pesadilla, porque en parte me desperté mal, soñé con la mismisima introducción y quemarte, sentirte ahogada por el humo, correr de algo que no sabes qué es... en serio, no se lo deseo a nadie, ni a mi protagonista (pobre, pero luego me perdonará, seguro ;)).

Os dejo con la novela.

La iré actualizando cada diez días aproximadamente. De manera, que a mí me dará tiempo de registrar cada capitulo, porque todo estará con derechos de autor. Y sí, se puede hacer capitulo a capitulo. Sino fuera así, no me atrevería a publicar nada, en serio. Mis ideas son mías, si las comparto es porque quiero hacerlo, pero eso no da derecho a nadie a que las roben. Es la cabeza y manos las que trabajan para lograr que palabras se conviertan en frases y tengan una imagen y provoquen sensaciones en los lectores, y eso requiere tiempo y esfuerzo.

Eso sí, me gustaría saber qué opináis, si os gusta o no, que me comentéis y habléis, y así, quizás pueda hacer una pequeña sorpresa cuando la novela esté mediada.

Gracias, y espero que la disfruten.

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Aurora Salas Delgado
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